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Martes, 27 de Octubre de 2020, 22:49 

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Siempre hay una primera vez

Siempre hay una primera vez

Mateo trabajaba en una lujosa tienda de ropa de la avenida San Marcos, lo que más le gustaba de su trabajo era mirar las nuevas tendencias para ropa, tanto masculinas como femeninas. Eso, sin contar los chicos tan guapos que entraban al local para comprar pantalones ajustados y camisas de seda. Vaya que Mateo adoraba a los hombres, le gustaba sus cuerpos musculosos, sus caras angulares y sus pollas, ¿para qué negarlo? Siempre le había gustado una buena polla.

Sin embargo, una mañana de octubre sucedió algo extraño para Mateo. Una hermosa rubia entró a la tienda vistiendo un corto vestido verde y unos botines converse, estaba buscando algo elegante para la boda de su amiga y Mateo no dudo en comenzar a recomendarle los vestidos más hermosos de la tienda, según su excelente criterio.

—Nunca he visto a una chica con unas piernas tan largas —había dicho Mateo fascinado y muy pronto se imaginó esas piernas rodeando sus caderas, imagen que lo alarmó bastante.

—Y yo nunca había conocido a un chico tan guapo como tú —le había dicho la rubia un poco sonrojada.

Juntos fueron a los probadores femeninos que estaban desérticos a esa hora puesto que la tienda apenas acababa de abrir. Mateo espero afuera, mirando fijamente la cortina del probador moverse ligeramente por el aire. De pronto la melena rubia asomó y ella le pidió Mateo que la ayudara con la cremallera.

—Luces increíble con ese azul —había dicho Mateo al subir la cremallera, sintiendo que su pene comenzaba a presionar incómodamente en los pantalones.

—¿Tú dices? Creo que me probaré el dorado también —dijo la chica mirándolo intensamente a través del espejo— ayúdame a quitarme este, por favor

Mateo obedeció, sin poder evitar que sus dedos se deslizaran por la piel pálida y tersa de la espalda de la chica. Ella se estremeció notoriamente y se giró para mirarlo con lascivia en los ojos. Un movimiento de hombros hizo que el vestido cayera al suelo, revelando un cuerpo cremoso, curvilíneo y apenas cubierto por un ligero tanga negro.

—Bésame — susurró la rubia y Mateo atrapó aquellos labios carnosos de inmediato, devorándolos.

Había sólo suavidad en todo lo que sentía y tocaba, una sensación extraña que se contraponía a sus experiencias con hombres. Ella le rodeo el cuello con sus brazos y profundizo su beso. Mateo rompió el contacto sólo para tomar uno de los pesados pechos y chuparlo en su boca. El gemido que salió de los labios de la chica sonó glorioso a oídos de él.

—Sólo fóllame ya mismo—suplicó ella cerrando fuertemente los ojos.

Mateo rebusco en su bolsillo la pequeña cartera que siempre llevaba y sacó un preservativo lubricado. Tardó apenas segundos en ponerse en su polla imposiblemente rígida y alzando en brazos a la pequeña chica, entró completamente en su coño chorreante de un solo embiste.

—Joder —dijo Mateo por lo bajo, sintiendo la humedad de ella chorrear mientras se movía frenéticamente.

La fricción y la quemazón que le producían los músculos por el trabajo físico de sostenerla a ella y empujar, lo llenaron pronto al límite. Para su sorpresa, la chica se corrió primero, mordiéndolo en el hombro con ganar, añadiendo esa cuota de dolor a su placer y permitiéndole follar el orgasmo de ella para encontrar el propio.

Mateo sintió que se corría por una eternidad dentro de aquel coño jugoso. Cuando dejó que los pies de la chica tocaran el suelo, sintió que se mareaba un poco.

—Eso fue… increíble —dijo ella un poco sonrojada.

—Sí, fue increíble —estuvo de acuerdo Mateo.

Sin decir más, la rubia se vistió y se llevó el vestido azul que se había probado. Antes de salir con su bolsa en manos, se giró para sonreírle con cariño a Mateo, quien seguía aun sorprendido por lo que había sucedido en los probadores femeninos.

—Bueno, siempre hay una primera vez— había dicho él mientras veía a la hermosa mujer desaparecer por la puerta de entrada.

 

Fin

 

Etiquetas relato erótico