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Lunes, 28 de Septiembre de 2020, 02:05 

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Probando un arnés entre amigas

Probando un arnés entre amigas

¿Para qué vivir si nunca experimentas con las cosas que te gustan? ¿Para qué vivir si nunca haces nada de lo que quieres, si solo te reprimes y te escondes? Recuerdo que pensé cuando terminé con mi anterior pareja, hará un año ya.

Era un tío y, aunque siempre fue muy especial conmigo, había algo en él que no me gustaba. Era un hombre, y eso probablemente es lo que no me gustaba, simplemente. Cuando entraba en mí, lo sentía, y sentía que me gustaba, me sentía excitada con aquello dentro, pero entonces sus labios toscos, y su cara cubierta por una barba negra y espesa me besaban y ahí terminaba el encanto.

Yo tenía una amiga que era muy cercana, a quien siempre le había gustado, y ella a mí también, aunque no me atrevía a admitirlo. Sabrina se llamaba, y aunque fuera muy respetuosa mientras tuviera pareja, cada vez que podía dejaba escapar algún cumplido que era mucho más que eso; dejaba escapar cumplidos que parecían invitaciones.

Luego de terminar con aquel tío, me cité con ella a beber unos tragos. Ella no quiso ahondar mucho en eso, quizás solo estaba disfrutando de la compañía. Luego del primer trago, mientras aún estaba en mis cabales, tomé valor y acepté esa reiterada invitación que ella siempre me había hecho. Suavemente me quitó el trago de la mano, lo puso en la mesa y me besó. Cuando sentí sus labios suaves y cálidos, muy parecidos a los míos, supe que ahí yacía mi problema. Era eso lo que me hacía falta.

Sabrina era una chica bastante experimentada. Era lo que se dice una experta en el tema. Había sido soltera durante mucho tiempo, y más que dedicarse a cultivar una relación, se había dedicado a explorar todo lo que pudiese.

Recuerdo las primeras veces, donde solo utilizaba la lengua y los dedos. Me llevaba al orgasmo, aunque sentía que algo faltaba. Encuentros después, comenzó a usar sus dildos, llenándome mientras me lamía o me hacía comerla, y recuerdo sentir mucho más gusto que solo con las manos. Hubo uno que a ella le gustaba, el dildo doble que era negro y enorme, pero a mí no me gustó mucho.

Yo quería sentirme llena, sentir su cadera luchando contra la mía mientras me penetraba, sintiendo sus pechos contra mis pechos y su boca contra mi boca. ¿La solución? Un arnés de cuero.

La recuerdo llenando el pene ficticio de lubricante mientras yola esperaba, boca arriba, húmeda y expectante. Recuerdo como me tomó las manos y su movimiento de cadera, entrando lenta y sentida, como si en verdad aquel juguete tuviera sensaciones. Como si ese miembro postizo en verdad perteneciera a su cuerpo. Me daba la impresión de que así era, porque lo usaba mejor que cualquier hombre con el que hubiera estado hasta entonces. Yo empecé a gemir y ella reprimió los gritos con sus labios.

Me embistió un rato. Cuando me sintió temblar, me puso de perrito y entró desde atrás. En perrito entra todo, todo completo, sientes cada trozo, cada vena y cada movimiento. Y, cuando estás muy húmeda, es una sensación increíble.

Ella gemía, casi gritando, gemía como yo, y eso me excitaba más. Entraba y entraba y entraba. Sentí que se iba a correr dentro de mí, pero no pasaría, solo seguía y seguía. Pensaba que terminaría antes de que pudiera llegar, pero no.

Luego de los temblores del orgasmo me eché sobre la cama y ella, entre besos y caricias, se quitó el arnés. Con una sonrisa me miró y me dijo: ahora es tú turno. Entonces me lo puse, feliz de darle tanto placer como ella me había dado.

 

Fin.

Etiquetas relato erótico